Relatos de Mi Tan Añorado Viaje al Viejo Mundo

traveries

08-May-12

Día 1- 17:35 hrs México

Y bien, el día finalmente llegó: 08 de Mayo de 2012. Estoy en el aeropuerto esperando que salga mi vuelo, LH 499 México-Frankfurt-Praga.

Tras una larga mañana en que me contuve lo más posible para no caer en la tentación de dormir, alrededor de la 1pm fui por mi mamá y ambas nos dirigimos donde mi padre.

Al llegar, “la mía abuela” se levantó para darme un gran abrazo con una sonrisa de verdadero gusto, de ésas que se les da a la gente que uno realmente quiere porque se han quedado bien grabadas dentro del corazón. Mi abue me dio la bendición y la acompañó con tres estampitas benditas y unas cuantas lágrimas, mismas que hicieron lo propio en mí y en mi madre: tres mujeres sentimentales.

Después de algunos deberes mal coordinados, terminamos fastidiados. Empero, algo bueno salió de todo aquello: nuestro apetito se abrió y decidimos buscar un lugar para comer. Pasamos algunas cuadras sin suerte y después de unos minutos -habiéndome pasado, por cierto- alcancé a ver el Potzocalli en la esquina. Haciendo uso del tan afamado estilo chilango, me eché de reversa en pleno Eje 4 Xola, y estacioné el auto. Claro que dicha hazaña no habría sido posible de haber habido autos. “Lucky me!”-Pensé.

Ya en el restaurante, cambiamos de lugar un par de veces. Cada uno pidió cosas diferentes, siendo nuestra única coincidencia el agua de guayaba. Habrá sido el hambre, habrá sido el buen humor, todos estuvimos satisfechos con lo elegido. Tanto así que incluso mi mamá y yo compartimos un postre: rebanada de pastel de cajeta. ¡Deliciosa!

Salimos y nos dirigimos al aeropuerto. Mi papá y yo recordamos mi viejo camino, hace diez años, cuando yo era apenas una estudiante terminando su segundo semestre en la Superior. ¡Qué rápido pasa el tiempo! – Pensó en voz alta. Aunque, dicho sea de paso, decir que hace más de diez años vislumbré mi primer viaje completamente sola, para mí había sido una eternidad.

Llegamos al aeropuerto un poco antes de lo previsto, estacionamos el auto y mis papás me acompañaron hasta el límite máximo permisible. Para mi sorpresa, fue mi papá al que se le enrojecieron los ojos esta vez, pero yo me mantuve fuerte y el llanto permaneció ausente. Mi mamá reforzó la bendición que horas antes había recibido de mi abue y me despedí de ella y de mi papá, mientras ambos me veían cruzar la banda de seguridad -creo yo- con un gesto de satisfacción.

Por fin en la sala de espera. Me he cepillado los dientes y tejido el cabello en una trenza, en un intento desesperado para que permanezca lo más presentable posible, sabiendo que lo someteré a condiciones que sólo ha atravesado una vez. Me he dado el tiempo para redactar mis impresiones con la esperanza de que esta práctica pueda continuarla a lo largo del viaje para después revivir todos los bellos recuerdos del sueño que, en alrededor de dos semanas, podré decir que finalmente cumplí.

17:57 hrs México

Se suponía que a esta hora apenas estaría llegando al aeropuerto. Faltan más de dos horas para empezar a abordar. He decidido que mejor me pondré a leer. “A la caza de la mujer”, de James Ellroy. Tercer intento. Espero tener éxito en terminarlo esta vez.

Día 3 – 04:03 hrs Praga

El ajetreo de ayer me impidió plasmar mis impresiones. Y es que no fue tanto la falta de tiempo, de ganas o mero cansancio, sino el malestar que producen los infortunios que aparecen como nubes de tormenta amenazando un día soleado.

Recapitulando:

Con facha de mexicano y en mi afán por hacer un mínimo esfuerzo indagatorio ante la interrogante no contestada “¿alguien más viajará conmigo?”, inocentemente le pregunté al chico que se sentó a mi izquierda por su itinerario. Obviamente, lo hice en Español, obteniendo como respuesta no sólo una mirada absorta -señal de nulo entendimiento-, sino una frase en un idioma familiar, con una pronunciación peculiar, misma que no esperaba y que, por mi parte, tardé unos segundos en asimilar.

Fue así que conocí a Ahmad Alí, un jordaní que ha vivido en Belice desde los veintidós años, a quien el deber de buen hijo lo hacía retornar al lugar que lo vio nacer. Para ser sincera, no esperaba que la pregunta trascendiera, pero mi “nuevo amigo”, quien me hizo llamarlo “Miguel” -como tropicalización poco exacta de su nombre, pero que hace que éste me sea más fácilmente recordable-, amenizó mi espera.

“Mike” me acompañó a darle un vistazo a las tiendas del duty-free en donde le mostré mi fragancia favorita, misma que roció generosamente en sí y que, inconscientemente, aumentó mi simpatía hacia él. Después me hizo fotografiarlo con las demás fragancias de fondo, y acto seguido, hizo una maniobra para volverme parte del historial de fotografías de su celular. Supongo que al menos él recordará que me conoció previo a su vuelo, no como cuando te atraviesas accidentalmente en una foto que nunca te enteras que terminaste estropeando.

La espera se hacía más corta y Mike y yo matábamos el tiempo. De repente le pregunté por lo que yo asumí eran souvenirs para los suyos, y simplemente resultaron ser snacks que compartió conmigo. Roció un puño de ellos en su mano y tomó con sus dedos unos cuántos para ofrecérmelos, práctica que, de inicio, consideré muy “anti-yo”, pero que no rechacé, al entender que era su forma de mostrarme confianza. Luego me enseñó alegremente sus fotos, e inclusive un video del restaurante que tiene en San Bello -por cierto, es el segundo chef que conozco en mis viajes, el primero fue Mariano… funny coincidences?-.

Para ser sincera, esperaba abordar y “librarme” de él, no porque me resultara indeseable, sino porque para lo que restaba del vuelo hubiera preferido la intimidad que te da el anonimato. Sin embargo, su cercanía daba la ilusión de que íbamos juntos. Lo gracioso -para mí- fue el percatarme de que la demás gente también lo percibía como mexicano, por lo cual se dirigían a él en mi idioma natal, pero el pobre no sabía ni qué contestar y me pedía que le tradujera.

Mike se sentó a mi izquierda y me explicó que “negociaría” el asiento con la persona a quien estuviera asignado, acto que fue innecesario, puesto que el asiento a mi izquierda fue el único de todo el B747-400 que Lufthansa no vendió. En esa hilera de cuatro, nos habían acomodado a tres viajeras solas, tres mujeres que disfrutamos de nuestra independencia y la asumimos con libertad.

El hielo lo rompí yo, con mi habitual sonrisa nerviosa, aunque sincera. De tal efecto logré conocer a una coreógrafa teatral veracruzano-alemana, a una sinaloense-finlandesa, al buen Mike, jordaní de nacimiento y beliceño por adopción, y ahí estaba yo, la México-toluqueña -jeje, digo, para no quedarme atrás-. El mix resultó variado e interesante, aunque súper demandante para mí. Cuánto se abre la gente cuando detecta un oído dispuesto a escuchar con atención e interés, aunque con el paquete venga una completa extraña.

De lo memorable, aprendí:

  • Que las civilizaciones pueden resumirse en cuatro semillas: el arroz para la asiática, el trigo para la europea, el maíz para la iberoamericana y la patata para Centro y Sudamérica.
  • Que el ser humano debe cultivar las cuatro virtudes cardinales: la justicia, la prudencia la fortaleza y la templanza.
  • Que los libros: “Reencuentros”, de Jorge Bucay; “Porque me dueles te quiero”, de Editorial Sinergia; “Cantar de cantares”; “Mujer, imagen de la ternura de Dios”; “El águila y la gallina” y otros más que mi deteriorada memoria almacenó en un lugar inaccesible para mi consciente en este momento, son los libros de cabecera de la querida Panchita (la sinaloense-finlandesa, ¡qué gran mujer!, tanto conocimiento compartido generosa y humildemente).

¡En fin! No me desgastaré en mencionar las incomodidades propias del vuelo, bastará con recordar que para la próxima ocasión, insistiré en solicitar el pasillo. La comida no fue tan mala, pero fue demasiada. Mike bromeó conmigo de que con ese régimen engordaría -sólo yo- y yo respondí con una sonrisa incómoda, aunque después pensé que tenía razón y lo miré con una expresión vengativamente silenciosa que más o menos decía: “Si tan sólo no me hubieras hecho consciente de “lo obvio”, jeje.

El tiempo a nuestra salida fue similar al de nuestra llegada: lluvia. ¿Será que salí de mi rutina tan exageradamente radical que el clima me jugó la broma que populariza el refrán: “¡Va a llover!” -expresión habitual que se usa cuando algo rebasa cualquier pronóstico-. Mmm… maybe?

Llegamos a Frankfurt a la hora prevista en el itinerario y me dispuse a hacer uso de mi sentido de urgencia en aras de no perder mi vuelo en conexión. Pese al gran trato de mis compañeros de hilera, me despedí presurosa. Cuarenta y un minutos para un vuelo de conexión me hicieron prescindir de toda cortesía.

El tiempo apremiaba pero el detector sonó. Me registraron. ¡Qué incomodidad y qué manera de perder el tiempo inspeccionando a un angelito como yo! Jejejeje. Tardé una eternidad en llegar a la puerta A19. Agitada y empapada en sudor, pregunté si podía asearme antes de abordar. Con un asentimiento indiferente, así lo hice. Al verme al espejo, mi cabello era un desastre, mi cara apagada, mis ojos hinchados. ¡Qué manera de darme a conocer en el viejo continente!

Saliendo del sanitario, me dirigí al shuttle en el que nos llevaron al avión. Finalmente, un equipo familiar: A320-200. Al llegar a mi lugar me percaté de que había hecho todo el viaje yo solita y simplemente pensé: ¡Bien por mí!

En esta ocasión me tocó ventanilla, junto a dos asiáticos. El trayecto sería corto, pero aprovechando mi posición ventajosa, durante el vuelo me dispuse a admirar el paisaje. ¡Qué belleza! Lleno de verdes y con la arquitectura tan homogénea. Y luego las nubes. Nubes dispuestas como motas de algodón, algunas tan condensadas que irradiaban distintas tonalidades de blanco, y todas reflejaban alegremente la luz del sol. Era como presenciar un concierto exclusivo de la naturaleza. Es curioso, pero en algún momento, todo en conjunto me pareció como un montón de Budas apilados, o como la perfecta formación del hombre malvavisco, el de los Cazafantasmas.

Ya en Praga me dirigí a la zona de equipajes. Después de varios intentos por encontrar la banda adecuada, ansiosamente esperaba a que apareciera mi maleta mientras veía cómo iban desapareciendo todas las demás. Cual niña olvidada, sentí la desesperación a punto de hacerse evidente y brotar en forma de lágrimas. Pero me contuve para no romper en llanto. Nuevamente, busqué orientación para saber qué hacer y terminé levantando un reporte de “No conformidad”.

La mujer que tomó mi caso, me aseguró que mi maleta llegaría a medianoche, que sería enviada a mi hotel. ¿Qué más podía hacer? Sin más qué decir, tomé mi hoja de seguimiento y me dirigí a la salida.

Junto a los módulos de pago vislumbré a un chico alto, de apariencia gentil y gesto preocupado, quien sostenía un letrero con mi nombre. Peter, el guía de mi tour. ¡Qué gracioso es apreciar silenciosamente y a distancia a quien te espera sin saber qué esperar! Le busqué la mirada y con un movimiento de cabeza asentí para hacerle saber que era yo a quien aguardaba, me presenté y me disculpé por la demora explicándole la situación de mi equipaje. Después nos dirigimos a mi hotel.

Durante el trayecto, brevemente me introducía a Praga, mientras me hacía saber que me encontraba en la ciudad mejor conservada del antiguo imperio Austro-Húngaro. Me contó un poco sobre las mejoras que había introducido el alcalde de la ciudad e incluso una anécdota graciosa sobre su madre. En conjunto, su forma de narrar entre interesante e hilarante, me hicieron adjudicarle el adjetivo de fascinante.

Me instalé en mi hotel y me avisó que nos reuniríamos a las 8:15pm para la cena de bienvenida con el matrimonio que nos acompañaría en la primera parte del tour -oh, sí, nuevamente tour semi-privado. ¡Qué extraña coincidencia me lleva siempre a experiencias tan exclusivas!

Con breves pero reiterados contratiempos -no funcionaron las llaves de la habitación, no colocaron toallas, no contaba con mi maleta…- decidí tomar un baño revitalizador. ¡Funcionó! Solicité la atención y corrección de los detalles anteriores y que por favor me avisaran en cuanto recibieran mi equipaje, no importando la hora. Después avisé a mi familia que había llegado bien y noté que tenía algo de tiempo antes de mi siguiente compromiso.

Decidí salir a explorar los alrededores. Tomé un par de fotos mal enfocadas, con la premura de quien siente que si no lo hace ahora, después no tendrá qué recordar. Y después me vino a la mente que aún no había conseguido el adaptador para recargar la cámara, así que la apagué para reservar la batería mientras seguía caminando.

A mi paso ubiqué unas cuantas tiendas, en caso de que la mala suerte se aferrara en empañar mi viaje y empecé a vislumbrar qué necesitaría, como contingencia -So me!-.

Para el regreso, decidí tomar un camino diferente, calculando cómo regresar como si fueran “cuadras”. ¡Mala decisión! Las avenidas aquí no son paralelas. Me apaniqué: no recordaba la dirección del hotel, mucho menos su nombre, no llevaba mi teléfono ni el número de mi guía, no hablaba el idioma, no se me ocurría qué hacer.

Luego de unos segundos recobré la serenidad: regresaría sobre mis pasos para volver al lugar de partida. Me puse en marcha y minutos después llegué. ¡Qué felicidad sentí al ver a mi guía en la entrada, aguardando por nosotros! Le sonreí ampliamente, más por la alegría de encontrarme de nuevo segura que por volverlo a encontrar, pero él no notó la diferencia y me devolvió el saludo alegre.

Mientras esperábamos, le conté de mi aventura y de su parte obtuve una sonrisa cómplice y una expresión que quise interpretar como un recuerdo de sí mismo, cuando él se aventuró a explorar rincones nuevos hace tiempo.

Nicole y Nacho nos encontraron instantes después. Para sorpresa de Peter, fui yo quien los reconoció. Cenamos pacíficamente, hicimos las preguntas de rutina, discutimos un poco respecto al plan para el día siguiente y nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones.

Breve comentario sobre la cena: ¡Sorpresivamente exquisita! Crema de champiñones, bife bañado en salsa de paprika y decorada con jitomatitos cherry, y ¡cómo olvidar el postre de leche con zarzamora!

Dormí un par de horas, pero nuevamente me despertó la preocupación. Encendí el televisor para confirmar la hora. 11:37 pm. Aún faltaba, de acuerdo a la hora estimada que se registró en mi papeleta de seguimiento. La angustia no me permitió conciliar el sueño. Me encomendé a Dios y en cuestión de instantes, el teléfono de mi habitación sonó. El recepcionista se disculpó por la hora, me indicó que mi equipaje había llegado -¡Ovaciones!-, y preguntó si estaba bien si lo subía -¡Pero claaaaroooo, por favor!-.

¡Qué felicidad! Sin embargo, sueño interrumpido, insomnio seguro. Después de intentos fallidos para reconciliarme con Morfeo, decidí desistir y en su lugar me puse a escribir. Había dejado encendido el televisor para arrullarme. Lo apagué para concentrarme. En breve despertaré “oficialmente”. Ahora sí, ¡empieza el verdadero viaje!

Autor: Dalehira Tellez

Viajar para mí representa a la vez un privilegio y una oportunidad, de expansión, de reflexión, de reto, de evolución, de trascendencia.

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