Kilimanjaro

La montaña Kilimanjaro se encuentra ubicada en el continente Africano específicamente en Tanzania. La montaña más alta de este continente. Tiene una altitud de 5,895 m.s.n.m. Su punto más alto es llamado  “Uhuru Peak” cuyo significado es LIBERTAD en Suajili (lengua africana hablada sobretodo en Tanzania y Kenya).

Para ustedes que leen esto, porque las metas logradas que se comparten se multiplican:

Aprender a caminar no es el reto más difícil en la vida, es más complicado aprender a dirigir nuestros pasos. ¿Cuál es el mejor camino? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy?. A veces la vida misma se nos atraviesa y nos detiene, hacemos pausa, nos replanteamos y realmente creo que es de valientes dejar entrar la curiosidad y abrirle la puerta a lo desconocido. En donde encontramos y experimentamos la simplicidad y sencillez en su máxima expresión.

Para descubrirlo tuve que romper la rutina de mis pasos y dirigirme ahí, en dónde todo empezó… EN EL KILIMANJARO; y encontrar una nueva forma de caminar, ver el mundo desde otra perspectiva sobrepasando las nubes.

¿Qué hay en la montaña y llegar a la cumbre? ¿Qué es lo que me cautiva tanto? Iba con la idea de “conquistarla”. Creo que nadie, absolutamente nadie la “conquista”, más bien somos nosotros los que conquistamos lo que llevamos dentro que nos hace pensar que “no podemos”. Conquistamos partes de nosotros mismos que tal vez nunca hubiéramos pensado que están ahí, que existen. Me conecto con partes de mí que pocas veces noto. Yo, a esta conquista le llamo LIBERTAD.

Hay algo en la montaña… pedazos de tierra que me tiran hacia arriba y me hacen sentir diminuta ante el universo y la naturaleza. Imaginen cómo se conecta el cielo lleno de estrellas con su contorno imponente y el silencio que me dice que está ahí esperando.

Y durante estos días me doy cuenta que el universo y la vida me han puesto aquí, en donde tengo que estar, conocer nuevas mentes y que nada es coincidencia. Me quedo sin palabras para poder expresar lo que fueron para mi mis compañeros estos días. Lo podría definir como magníficas alianzas de viaje, el destino deparaba a ellos, mis amigos del Kilimanjaro para compartir etapas, vivencias, aprendizajes y conversaciones. Fuimos extraños destinados a conocernos para vivir momentos y aventuras únicas mientras nos descubríamos y explorábamos el mundo.

Me confortaba la presencia de todos los que estuvieron, cada uno a su manera, enseñándome algo diferente de la vida. ¡Gracias!

Difícil olvidar a Bona nuestro guía diciendo: “Always listen to your guide, listen to your body”, tan sencillo, tan cierto y tan extenso el aprendizaje. Voy aprendiendo la forma de caminar “pole pole” (despacio en Suajili) , todo a su tiempo, no ir de prisa. Desarrollado paciencia, perseverancia y al mismo tiempo esta forma de caminar aquí en el Kilimanjaro me da la ventaja de ver, disfrutar el paisaje, de estar en el aquí y ahora, de expandir mi conciencia, de realmente darme cuenta de mi esencia. Abro mi mente mientras camino, escuchamos historias que no son nuestras, pero una vez contadas, son parte de nosotros.

Mi casa se percibe lejos, y me doy cuenta de que mi casa es lo que está dentro de mi. Cuando subo a la montaña voy a ese lugar que ha estado inhabitado por un tiempo. Es ese lugar inhóspito que poco a poco lo voy despertando y regreso a él.

Re descubro lo que es realmente importante en la vida, y hay algo que tengo claro: sentir de alguna manera que ayudo a los demás a ser mejor. Y que me cuido a mi, y me refiero cuidarme a mi en pensamientos, palabras, acciones e intenciones puras. Por que si no ¿Cómo puedo cuidar de los demás?

 Soy una persona ordinaria tratando de ser extraordinaria; por lo menos en mi interior, en mi mundo ideal.

El viento frío me hace experimentar las cosas de manera diferente. La rocas, la arena, la nieve… la tarea de subir, de siempre seguir y ver hacia arriba y no detenerte. Todas las preocupaciones y ansiedades del día a día se vuelven diminutas, aprendo a escuchar y conectarme con mi cuerpo. Aprendo a diferenciar cuándo mi mente está limitada por mis propias creencias, mi conciencia se expande cada vez más y así siento cómo mi cuerpo y mi mente van cambiando en el camino de la ascensión.

Y aunque mi mente a veces se va a otra idea que no es la que busco,  la montaña siempre hace la tarea de regresar mis pensamientos al momento presente, con nuevas ideas, todo se renueva, una nueva perspectiva de ser y estar.

30 de julio 2017, Western Breach

Hoy sentí: miedo, mucho miedo, empezando por la forma en la que el viento soplaba. Le tuve miedo a la montaña, tiene una energía imponente que hay que tenerle respeto, sentí miedo en la oscuridad, sentí miedo por el ver el camino tan inclinado y lleno de piedras pequeñas que hacían sentirme insegura al pisar, tuve miedo por la falta de aire, tuve miedo de fallarme a mi misma y de fallarle a los demás. El miedo, qué fácil es sentirlo.

Más arriba, más difícil, más rocas y piedras sueltas, menos oxígeno. Trato de controlar mi mente, trato de convencerme a mi misma que los límites únicamente existen si yo los creo.

Siento desesperanza, siento una clase de derrumbe interno, igual que las piedras que piso se derrumban.

Tiemblo, siento frío extremo, como nunca lo había sentido.

Siento incertidumbre, no saber cuánto falta para llegar, me siento completamente vulnerable en la montaña, en el momento; trato de hacer fuerza en todos los sentidos.

Siento impotencia, quiero dar más de mi energía pero me quedaba poca. Siento emociones encontradas, me pregunto: ¿Qué hago aquí? Una y otra vez, siento ganas de dejarlo todo.

Siento muchas ganas de llorar…

Sentí… de eso se trata, de sentir, y sentir me hace confirmar que aquí estoy, que estoy viva. “Do whatever just to feel alive”.

Sentir, solo sentir.

El aire cada vez se siente más frío, cuesta más trabajo respirar. Las comodidades a veces parecen inalcanzables. El cansancio día a día aumenta… me acostumbro a mi carpa, la que es golpeada por el viento y a la que llamo “casa” todas las noches.

 Creo que subir una montaña es meditar. Estas “solo” en la inmensidad de la tierra remota. Tu cuerpo, tu mente y el momento te llevan más arriba de la cima. Esto es lo más cerca que he estado del cielo y se siente bien, extraordinariamente bien. Es una sensación de grandeza, triunfo y satisfacción.

 Y sin embargo no camino sola, comparto este sueño, estos momentos con todos los que estuvimos ahí, aceptando y haciendo nuestro el mismo desafío, aunque cada quien a su manera. Aprendimos unos sobre otros. Y, somos nosotros mismos.

Me impresionó ver cómo todos estaban exhaustos caminando ese último tramo antes de llegar a la cumbre. Levantaban la cabeza y se transformaban sus pisadas en un paso firme, orgullosos y dignos.

Era como si una fuente de vitaminas les recorriera por todo el cuerpo quitando los dolores y el cansancio para convertirlos en energía, dando fuerzas necesarias, sacadas de no sé dónde, para avanzar.

El sonido de los pasos se hizo seguro y sostenido; los músculos tensos, con paz en la mirada, una gran sonrisa, la determinación total y completa por dentro… era un auténtico espectáculo verlos avanzar.

Me miraba a mi misma sin creerlo. Pues estaba viviendo el mismo proceso. ¡La fe y esperanza me habían convertido en energía!

El sonido de cada paso se extendía. Nadie hablaba por que no hacía falta: sabíamos que estábamos viviendo momentos inolvidables que dejarían una huella en nuestras vidas.

¡Llegamos! ¡Lo logramos! Ahora todo tiene sentido.

Alcanzo la cima y veo el mundo con otros ojos. Me despido del Kilimanjaro, me voy a casa con nuevos horizontes; formados por el sonido del viento y del las canciones de los “porters”(nativos que se dedican a transportar equipajes y mercancías de un lugar a otro). De sus caminos empedrados, del color oscuro de las piedras que caprichosamente cambiaban al naranja avisando que el sol se ocultaba. Del brillo de los glaciares. Me voy a casa con un corazón abierto a recibir gracias a esta montaña, gracias a su paisaje, a sus olores, a sus sabores, a sus sonidos y a su gente.

Mi pluma se queda suspendida en el papel cuando me vienen recuerdos de estos días, que si pudiera, daría lo que fuera por volver a vivirlos sin cambiar absolutamente nada, suspiro por esos momentos que no quería que se acabaran nunca. Confieso que cuando me despedí de todos se me rompió el corazón  porque esto implicaba decir adiós a todos estos días, a la montaña, al viaje, a mis amigos. Y me doy cuenta que los más difícil es dejar ir. Dejar ir todo lo que me ha hecho sentirme extremadamente feliz.

Sólo puedo decir una frase que resume a las mil maravillas todo lo que he querido expresar y definiría estos días como soplo de aire fresco para vivir la VIDA EN MAYÚSCULAS.

 Kilimanjaro, Tanzania 1 de agosto 2017

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