“ Cada saudade tem un por qué. E um por quem”

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 “ Cada saudade tem un por qué. E um por quem”.  Fernando Pessoa

“Saudade”: (es un vocablo de difícil definición incorporado al español empleado en portugués , esta palabra solo existe en portugués, que expresa un sentimiento afectivo primario, próximo a la melancolía y nostalgia, estimulado por la distancia temporal o espacial a un lugar o a alguien amado y que implica el deseo de resolver esa distancia. )

Este sentimiento es el que me provocó Lisboa. Siempre había querido conocerla, creo que por muchas razones, era uno de esos destinos que me atan sin razón alguna, tal vez por algo tan sencillo como el sonido de su nombre: “Lishboa”, me encanta como suena, provoca una sensación como si ya hubiera estado allí un millón de veces.

Para los que nunca han estado, ¿les digo algo?, Lisboa se comunica, habla… Así es. Ésta increíble ciudad se comunica dándole mensajes a sus visitantes de mil maneras distintas: en las tonalidades tenues de las fachadas, las paredes de los edificios, ventanas y puertas, en los históricos azulejos amarillos y ocres, rojos de almagre, en los rincones escondidos, en el azul limpio y suave del cielo que da una contraste sutil junto con  los tonos rojizos de los tejados, su transparencia es perfecta, es exacta; también se comunica mediante  sus tranvías,  sus calles empedradas, pisos que reflejan el sentido de la vida portuguesa, el mar . Es como ir paseando en el interior de una postal… y esto me enganchó, me enamoró. ¿Puede alguien enamorarse de un lugar? Después de Lisboa me quedó clara la respuesta: Sí.

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Me encanta la sensación magnífica de haberme marchado muy lejos  un tiempo de mi país, de haber dejado atrás los escenarios cotidianos, las costumbres de la vida diaria y estar aquí, en Lisboa, uno de esos lugares en donde se puede realmente ver el azul de los azules.

Tiene personalidad, posee el tamaño perfecto para andar sin rumbo alguno, es una forma de viajar por las ilusiones, dejarse llevar por la curiosidad.

Tenía una lista escrita en mi cuaderno que había anotado semanas  previas: “Lo que no me puedo perder”:

  • Caminar en línea recta desde la Praça do Comércio  hacia  Avenida da Liberdade y encontrarte con el monumento al Marqués de Pombal.

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  • Subir al Elevador de Santa Justa y hacer una fotografía panorámica. Disparaba fotos sin pensar en lo técnico.

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  • Comer una ración de bacalao entre gente local en algún “barecillo” escondido. ¡Qué delicia!
  • Disfrutar sin prisa el barrio La Baxia, mirar los artistas callejeros, calles arriba, calles abajo por Chiado y  barrio de Alfama, transportarte en un instante al siglo XVII y tomar la “típica” pero inolvidable foto de los tranvías amarillos.

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  • Caminar, caminar y seguir caminado, visitar el Padrão dos Descobrimentos y después hacer una pausa y contemplar las pequeñas olas del río Tajo que se encuentra con el mar chocar con la Torre de Belém.

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  • Endulzar el día con uno o varios Pasteis de Belem. Un pastelillo redondo hojaldrado relleno con nata tostada de sabor exageradamente delicioso y dulce con  aroma a canela  de carácter embriagador.

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  • Dedicarle el tiempo necesario para visitar el Monasterio dos Jerónimos… me quedo boquiabierta ante lo grandioso de este monumento arquitectónico, ahora entiendo porque es Patrimonio de la humanidad. Me provoca respeto caminar por lugares donde hay tanta historia concentrada.

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  • Comprar el libro “Viaje a Portugal” de José Saramago en una de sus tantas librerías.

Es tan acogedor estar aquí que te invita con intensidad a detenerte durante horas en cualquier plaza, en cualquier librería o en cualquier café y nunca, nunca, interrumpir el momento.

  • Contemplar la vista de la ciudad desde el Castelo de S. Jorge donde admiras este panorama con unas copas de vino que son vendidas en “carritos” lo que hace al momento aún más agradable. Una vez más me asombra ese azul de los azules del cielo con el contraste rojizo de los tejados y el mar. No sólo veas Lisboa de día, también de noche. Desde el Bairro Alto en el Miradouro São Pedro de Alcântara con otra perspectiva vivo lo que Lisboa me ofrece, sus luces tintineantes las cuales transmiten movimiento y vida.

Me doy cuenta que lo que vivo en este momento no es casualidad, ni la vista, ni la compañía, es perfecto.

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También iba con imágenes en mi cabeza de lo que había visto en libros y postales además con una idea de lo que me habían contado de ella… él me lo contó. Y sí, cuanta razón tenía.

Ahora sé que hasta que no vuelva seguiré teniendo “saudade”…

No me queda más que esperar…

Lisboa: tierra de sueños, cielo de encanto, lugar que quita el aliento.

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